Los ingenieros que inspeccionaron la zona quedaron impresionados.
—Está increíblemente bien construido —dijo uno de ellos—. Podría resistir tormentas mucho peores.
Don Ramiro escuchó eso y miró a Elena.
—¿Sabes algo?
—¿Qué?
—Creo que el pueblo te debe algo más que una disculpa.
La primavera llegó lentamente ese año.
Y con ella, algo cambió en Valdemora.
Donde antes estaba el cobertizo del jardín de Elena, ahora había un pequeño cartel de madera.
Decía:
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