la opresión ni el miedo. Estaba completamente enfocado en Carmen y en el amor que sentía por ella. Mientras tanto, el coronel Ramírez permanecía en silencio. Bebía su vino lentamente, observando a Javier con miradas frías y calculadoras. El ambiente en la mesa oscilaba entre la esperanza y la tensión, como si algo invisible estuviera a punto de revelarse, aunque nadie supiera aún exactamente qué. Javier, por su parte, actuaba de una manera extrañamente calmada durante toda la cena. Comía despacio, masticando con una atención exagerada y asentía a las palabras de Antonio con leves movimientos de cabeza.
Aún así, había algo fuera de lugar. De vez en cuando, Javier llevaba discretamente la mano al bolsillo del saco y consultaba su reloj de bolsillo, como si aguardara un momento exacto, una señal invisible que solo él conocía. Carmen notó aquel gesto repetido, pero atribuyó el nerviosismo a la formalidad de la cena. Beatriz, en cambio, observaba todo en silencio, con el corazón acelerado, sin saber exactamente por qué. En cierto momento, Antonio se levantó lentamente de la silla sosteniendo su copa de vino.
El murmullo de las conversaciones fue cesando poco a poco, hasta que el silencio se apoderó de todo el jardín. Incluso el viento pareció detenerse como si la noche estuviera a punto de presenciar algo importante. Miró a todos los presentes en la mesa, respiró hondo y dijo con la voz cargada de emoción, “Quisiera decir que estoy muy feliz de tenerlos a todos aquí para presenciar este momento. Carmen es la luz de mi vida y no consigo imaginar un futuro sin ella, declaró sin apartar los ojos de la joven.
Carmen sintió que el corazón se le desbocaba. Las manos comenzaron a temblarle y los ojos se le llenaron de lágrimas, incluso antes de comprender del todo lo que estaba sucediendo. El joven dejó su lugar y caminó hasta quedar a su lado. Con un gesto elegante, se arrodilló frente a ella, sacando del bolsillo una pequeña caja de tercio pelo oscuro. Carmen se llevó las manos a la boca, completamente dominada por la sorpresa y la emoción. Antonio alzó el rostro mirándola con ternura y comenzó, “Carmen, ¿aceptas casarte?” No logró terminar la frase.
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