Ahí algo dentro de mí explotó.
Me levanté, caminé hacia ellos y le pedí el micrófono a Amelia. Mi voz ya no era la de siempre. Era la voz de una madre.
—Acaban de escuchar cómo esta mujer llamó sirvienta a mi hija en el día de su boda. Y vieron cómo su propio esposo aplaudió esa humillación.
Defendí a Andrea. Hablé de su carrera, de su educación, de su valor como mujer.
Miré a Marcos y le di una elección clara: defender a su esposa o quedarse en silencio.
Eligió el silencio.
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