Andrea planeó su boda durante catorce meses.
Cada detalle estaba pensado con amor: un salón con vista al lago, ventanales enormes dejando entrar la luz dorada de la tarde, flores silvestres en tonos blancos y verdes, 150 invitados.
Todo reflejaba quién era ella: elegante, cálida, sin pretensiones.
El novio, Marcos, era ingeniero civil, hijo de una familia acomodada. Su madre, Amelia, había sido modelo y ahora se dedicaba a lo que llamaba “filantropía selectiva”. Desde el compromiso, sus comentarios hacia Andrea fueron sutiles, pero hirientes.
—¿Tu hija piensa seguir trabajando después de casada?
—Las esposas de nuestra familia suelen dedicarse al hogar.
Yo callé. Y ese fue mi primer gran error.
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