Pero miró el rostro de Lucía a través del cristal del ataúd. Tan fría. Tan silenciosa.
Elena tragó el veneno. Recordó la noche de hace 3 semanas, cuando una tormenta azotaba Jalisco. Lucía había llegado a su casa a las 2 de la madrugada, descalza, empapada y temblando incontrolablemente. Aquella noche, Lucía no lloró. Solo tomó las manos de su madre y le hizo 1 promesa escalofriante: “Mamá, si algo me pasa antes de que nazca el bebé, no te atrevas a llorar primero. Pelea más inteligente que ellos”.
La voz del sacerdote llamando al inicio de la misa fue interrumpida por el rechinido de las puertas laterales. 1 hombre mayor, vestido con 1 traje gris impecable y cargando 1 maletín de cuero negro, caminó directamente hacia el altar. Era el licenciado Arturo Méndez, el abogado personal y hombre de mayor confianza del difunto padre de Sebastián.
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