Miró el rostro de su niña. Lucía no había sido 1 víctima débil. En medio de su agonía, encerrada y sin salida, había tenido el coraje de encender 1 grabadora, de asegurar su patrimonio, de trazar un mapa perfecto hacia la justicia.
Elena levantó la vista hacia el altar mayor. Sus ojos ya no reflejaban dolor, sino 1 determinación inquebrantable de acero puro.
—No voy a vender ni 1 sola acción, Arturo —respondió Elena, con la voz firme y resonante—. Voy a tomar la silla de mi hija en esa mesa directiva. Voy a desmantelar Laboratorios Santillán pieza por pieza, voy a limpiar cada rastro de Sebastián de esta ciudad, y voy a usar cada peso de esa empresa para asegurarme de que ese infeliz se pudra en la cárcel hasta el último de sus días.
A veces, el amor de 1 madre no se demuestra con rezos silenciosos. A veces, el amor más puro se convierte en el fuego que calcina el mundo entero para que la verdad salga a la luz. Y hoy, Lucía, desde la eternidad de su descanso, había quemado a sus verdugos hasta dejarlos en cenizas.
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