Cuando los gritos de Sebastián y Mariana se apagaron fuera de la iglesia y las torretas de las patrullas se alejaron, el templo quedó sumido en un silencio sagrado. La gente comenzó a salir lentamente, respetando el dolor genuino que ahora inundaba el lugar. Algunos se acercaron a tocar el hombro de Elena, murmurando disculpas por haber creído las mentiras de Sebastián, pero ella apenas los notaba.
El abogado Méndez se quedó de pie a su lado, guardando los documentos en su maletín con movimientos lentos.
—Doña Elena… el viernes es la junta extraordinaria de accionistas. Van a querer que venda ese 13 por ciento.
Elena caminó lentamente hacia el ataúd. Apoyó sus 2 manos sobre el cristal frío que la separaba de su hija. Las lágrimas, aquellas que le había prometido a Lucía no derramar hasta ganar la guerra, finalmente comenzaron a caer libremente, silenciosas pero llenas de una furia renovada.
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