Elena perdió la cordura. Arrojó su copa al suelo, que se hizo añicos, y comenzó a gritar.
—¡Lo hice por nosotros! ¡Tú nunca estabas, Arturo! ¡Me dejaron sola manejando inversiones que se hundieron! ¡Ellos me iban a matar! ¡Camila es una niña malcriada que no entiende cómo funciona el mundo!
Desde la parte alta de la escalera, una voz clara y firme resonó.
—Lo entiendo mejor que tú.
Todos levantaron la vista. Camila estaba de pie, ya no escondida en un suéter gigante, sino erguida, aferrada a la barandilla. A su lado, Rosa la sostenía con orgullo.
—Me amenazaste con encerrarme en un manicomio, mamá —dijo Camila, su voz resonando en cada rincón—. Me vendiste para pagar tus deudas de juego y tus fraudes. Me dijiste que mi papá elegiría sus empresas antes que a mí. Te equivocaste.
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