Rosa lo guio por las oscuras escaleras de servicio, lejos del lujo, de la música clásica y de los perfumes importados que inundaban el primer piso. El segundo nivel estaba sumido en un silencio sepulcral, un contraste aterrador con la celebración de abajo. Se detuvieron frente a la habitación de Camila. La puerta estaba entreabierta apenas 2 centímetros.
—No entre de golpe, señor —advirtió Rosa, con la voz rota—. Solo mire.
Arturo empujó la madera ligeramente. Lo que vio hizo que el mundo entero se le derrumbara encima.
Camila, de solo 16 años, estaba sentada en el suelo del clóset, abrazando sus rodillas. Lloraba en un silencio desgarrador, ahogando sus sollozos contra sus propios brazos. A su alrededor había 2 maletas negras abiertas, ropa amontonada con desesperación, su pasaporte, y un fajo de billetes. Llevaba puesto un suéter grueso de cuello alto, a pesar del calor sofocante de la ciudad. Sobre la cama de sábanas de seda, descansaba un sobre con el nombre de Arturo escrito a mano.
Leave a Comment