Arturo caminó por el callejón lateral, empujó la pesada puerta de madera de la entrada de servicio y entró a la cocina. El contraste fue brutal. El calor de los hornos, el olor a trufa y a chiles secos, y el caos de los meseros de guantes blancos preparando charolas. En medio de todo, Doña Rosa, el ama de llaves que había criado a Camila desde que era una bebé, se quedó petrificada al verlo. La charola de plata que sostenía se le resbaló de las manos. El impacto contra el piso de mármol quedó ahogado por el ruido de la cocina.
—Rosa, soy yo —susurró Arturo, dando un paso al frente.
Pero la mujer de 60 años no sonrió. Su rostro palideció, corrió hacia él con una agilidad desesperada y lo empujó hacia la alacena, tapándole la boca con sus manos temblorosas.
—Por lo que más quiera, Don Arturo, no haga ruido —suplicó Rosa, con lágrimas brotando de sus ojos cansados—. Si la señora Elena lo escucha, la niña no sale viva de esta casa.
La sangre de Arturo se transformó en hielo.
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