—Lo entiendo mejor que tú.
Todos levantaron la vista. Camila estaba de pie, ya no escondida en un suéter gigante, sino erguida, aferrada a la barandilla. A su lado, Rosa la sostenía con orgullo.
—Me amenazaste con encerrarme en un manicomio, mamá —dijo Camila, su voz resonando en cada rincón—. Me vendiste para pagar tus deudas de juego y tus fraudes. Me dijiste que mi papá elegiría sus empresas antes que a mí. Te equivocaste.
Santiago Garza intentó escabullirse hacia la salida, pero 2 agentes lo acorralaron. Al empujarlo contra la pared, un frasco de pastillas sin etiqueta cayó de su bolsillo y rodó por el piso hasta los zapatos de Arturo. Eran los tranquilizantes que usarían para sedar a Camila en el traslado a Valle de Bravo.
La fiesta se convirtió en una escena del crimen. Las joyas, los vestidos caros y las sonrisas falsas fueron reemplazados por el destello de las torretas policiales rojas y azules iluminando los ventanales de Lomas de Chapultepec. Los Garza fueron esposados, sus tratos sucios finalmente expuestos por los documentos que Elena, en su estupidez, había dejado firmados sobre la mesa. Elena fue escoltada fuera de su propia casa, gritando maldiciones que nadie quiso escuchar.
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