Esa misma noche, a las 10, Alejandro tocó desesperadamente la puerta de su hotel. Mariana abrió, dejando puesta la cadena de seguridad. Él estaba despeinado, con la corbata floja y los ojos inyectados en sangre.
—Déjame entrar, cometí 1 error —suplicó—. Valeria y yo nos acercamos por el estrés del trabajo, pero no significa nada. Fue 1 confusión.
Mariana lo miró con 1 frialdad que lo hizo temblar.
—¿1 confusión? La llevas de viaje, duerme en tus piernas y dejas que la llamen tu esposa. Eso no es 1 error, Alejandro, es 1 elección.
Fue entonces cuando él, acorralado y buscando recuperar el control, soltó la frase que sellaría su destino:
—Perdóname, cortaré todo con ella. Además, seamos realistas, sin mis 25000 pesos mensuales de aportación, tú jamás podrías pagar sola el departamento en Coyoacán.
Mariana cerró la puerta en su cara. Esa misma noche, encendió su computadora y contactó a la abogada Sofía Armenta en la Ciudad de México. Al día siguiente, regresó a su hogar. Alejandro la esperaba en la sala con 1 ramo de 24 rosas rojas, el mismo cliché que usaba cuando olvidaba sus aniversarios. Mariana ignoró las flores, dejó su maleta, sacó 1 carpeta de su bolso y la arrojó sobre la mesa.
—Ya hablé con mi abogada. Quiero el divorcio.
Alejandro pasó de la súplica a la ira en 1 segundo. La acusó de destruir a la familia, de ser 1 mujer rencorosa y materialista. Mariana, imperturbable, se mudó a la habitación de visitas.
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