El aire acondicionado del avión de pronto se sintió tan frío como el hielo. La sobrecargo, con las mejillas encendidas de la vergüenza, retrocedió 2 pasos, sujetando el carrito de bebidas con fuerza. Mariana no levantó la voz. No derramó 1 sola lágrima ni armó 1 escándalo frente a los más de 150 pasajeros. Su dignidad estaba intacta, pero por dentro sentía que 5 años de su vida acababan de colapsar. Alejandro abrió la boca, balbuceando sílabas sin sentido, pero Mariana simplemente dio media vuelta y regresó a su asiento en la fila 14.
Durante el resto del trayecto, el silencio en esas 2 filas fue absoluto. Valeria no volvió a recostarse; ambos permanecieron rígidos como estatuas. Al aterrizar en Monterrey, el calor de 35 grados de la ciudad golpeó a Mariana en cuanto pisó la pasarela. Encendió su celular y 1 cascada de notificaciones inundó la pantalla. Tenía 17 llamadas perdidas de Alejandro y 4 mensajes de texto. El último decía: “No hagas 1 locura. No involucres a nadie más de la oficina”. Ese mensaje fue la revelación final: a él no le aterraba perder su matrimonio, le aterraba que su teatro corporativo quedara expuesto.
Mariana tomó 1 taxi hacia San Pedro Garza García. Se miró en el espejo de su habitación de hotel y se prometió que esa sería la última vez que lloraría por él. A las 11 de la mañana, se presentó a su reunión de trabajo. Discutió contratos, exigió compensaciones y se mostró tan implacable que don Ernesto, el gerente de 50 años de la empresa proveedora, le dijo: “Licenciada, usted tiene nervios de acero”. Ella solo esbozó 1 sonrisa cansada.
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