—No hagas escándalos en la casa de Dios —siseó la anciana—. Ese niño no era de mi Efraín. Llegaste a mi casa embarazada de un don nadie. Yo protegí el honor de mi familia. ¡Yo te salvé el matrimonio!
El mundo de Ofelia se fracturó en mil pedazos. Marcela soltó el brazo de la anciana, blanca como el papel.
—¿De qué niño hablas, abuela? —tartamudeó Marcela, temblando—. ¿Mi papá… mi papá lo sabía?
Consuelo sonrió con frialdad, asestando el golpe final a la memoria de su hijo.
—Efraín firmó los papeles. Él estuvo de acuerdo.
Ofelia sintió que la sangre se le convertía en fuego. Su esposo, el hombre que lloró calladamente a los pies de su cama de hospital mientras ella ardía en fiebre, había firmado la venta de su propia sangre. Y Marcela, nacida 3 años después del crimen, había sido criada sobre los cimientos de esa atrocidad para asegurar un linaje digno y de buena familia.
Arturo, que había permanecido alerta a unos pasos, intervino.
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