Arturo, bajo el ardiente sol, podaba mecánicamente 1 arbusto cerca de la mesa principal, con la gorra bien calada sobre el rostro.
—¡Niños! —ordenó Paola con voz cantarina para que sus amigas la escucharan—. Vengan a saludar a las invitadas de mamá.
Sofía y Leo salieron al jardín. Estaban vestidos con ropa de diseñador, perfectamente peinados, pero sus rostros reflejaban 1 tristeza devastadora. Parecían 2 maniquíes sin alma.
—¡Ay, qué hermosos! —exclamó 1 de las mujeres del club de golf—. Paola, querida, de verdad has hecho milagros con estos huérfanos. Se ven tan disciplinados.
—El amor y la mano firme hacen maravillas, amiga —respondió Paola, tomando 1 copa de champaña con arrogancia.
Fue entonces cuando ocurrió el “accidente”.
El pequeño Leo, al intentar alcanzar 1 trozo de melón de la mesa, tropezó con el borde de la alfombra. Sus manitas chocaron contra 1 enorme jarra de cristal llena de agua de jamaica. La jarra cayó al suelo de piedra, estallando en 1000 pedazos y salpicando el carísimo vestido blanco de diseñador de Paola con 1 mancha roja e imborrable.
El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el llanto aterrorizado de Leo.
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