—¿Cuánto se supone que debe mi madre? —preguntó, sacando 1 chequera de su bolsillo interior.
El capataz sonrió con malicia. —Entre intereses, atrasos y penalizaciones… son 850000 pesos. 1 fortuna que 1 muertodehambre como tú jamás verá en su vida.
Samuel ni siquiera parpadeó. Escribió la cifra, firmó con pulso firme, arrancó el cheque y se lo pegó en el pecho sudoroso al capataz.
—Aquí hay 1000000 de pesos. Quédese con el cambio. Pero escúcheme bien, pedazo de animal: si usted o su patrón vuelven a mencionar el nombre de mi madre, me voy a encargar de que no haya piedra en este país donde puedan esconderse.
El capataz miró los ceros en el papel y su rostro palideció, retrocediendo como si el cheque quemara. Samuel levantó a Elena en brazos, como si fuera 1 pluma, y la subió al lujoso automóvil frente a la mirada atónita de los otros 50 trabajadores esclavizados.
Al llegar a la pequeña casa de su infancia, el impacto fue aún peor. El techo de lámina estaba a punto de colapsar, las paredes de adobe tenían grietas enormes y no había más que 1 catre oxidado y 1 fogón frío. Elena había vivido en la miseria absoluta para que Samuel no tuviera que abandonar sus estudios.
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