Maristela cambió de estrategia. Empezó a llorar, a victimizarse, a decir que yo le robaba el futuro a Tomás. Y cuando eso no funcionó, llegó lo peor:
Un ultimátum legal: 48 horas para firmar un poder fiduciario. Si me negaba, pedirían una evaluación de capacidad civil por “deterioro cognitivo”.
Querían quitarme el dinero… y también mi voz. Querían volverme una sombra, una anciana “fuera de sus cabales” a la que nadie toma en serio.
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