El domingo anterior a su muerte, Leónidas llegó con Tomás, mi nieto, y con Maristela. Tomás, con ocho años, entró como siempre: abrazándome fuerte y pidiéndome flan, como si el mundo fuera un lugar simple y seguro.
Maristela apenas me saludó. Estuvo pegada al teléfono, quejándose del Wi-Fi, como si la mesa, la comida y la familia fueran un estorbo.
Cuando salió al patio para “oír mejor”, quedamos solos Leónidas y yo. Y entonces, mi hijo se inclinó, urgente, como si temiera que alguien lo escuchara.
“Mamá, escúchame. Si algo me pasa… ya te transferí 15 millones de dólares. Para estar seguros.”
Yo me quedé helada. Quise preguntarle todo. Quise gritarle que me explicara. Pero su mirada me suplicó silencio. Y, como tantas veces, me tragué mis preguntas para no romper algo que no entendía.
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