Miranda abrió los ojos, simulando 1 tristeza profunda frente a su esposo.
—¿Lo ves? Ahora me acusa de locuras. Eso es paranoia severa. Necesita ayuda psiquiátrica urgente antes de que nos haga daño a nosotros o a sí mismo.
Arturo respiró pesadamente, atrapado entre su hijo y su esposa. Desde el accidente en el colegio privado, la vida familiar se había vuelto 1 infierno. El ortopedista había asegurado que la fractura sanaría en 6 semanas y que el yeso solo causaría 1 ligera incomodidad. Pero Leo había dejado de comer, no dormía, temblaba incontrolablemente y deliraba sobre “patitas” que caminaban bajo su piel.
Desde la oscuridad del pasillo, Doña Chelo, la nana originaria de Oaxaca que llevaba 10 años cuidando al niño, observaba la escena con el corazón hecho pedazos. Ella sabía que algo oscuro estaba ocurriendo. Había detectado 1 olor extraño en la habitación. No era el tufo normal del sudor o del yeso sucio. Era 1 aroma asfixiante, dulce y podrido a la vez. Esa misma tarde, mientras cambiaba las fundas, vio 1 pequeña hormiga roja caminando por la almohada. El insecto no buscó comida en el suelo; marchó directamente hacia la abertura del yeso de Leo y desapareció en su interior.
—Señor Arturo… —intervino Chelo, con el rostro pálido como el papel—. Hay algo metido allá adentro. Yo lo vi.
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