A veces ordenar los documentos ayuda a ordenar la vida. Ernesto sacó esa tarjeta del cajón de la mesilla donde había estado todos esos meses y la miró con sus ojos miopes. Sin gafas, las letras se le emborronaban, pero ya se sabía el número de memoria. Llevaba semanas mirándola cada noche antes de dormir, pensando que algún día llamaría. Ese día había llegado. Sacó su viejo móvil de botones, ese que Daniel llamaba pieza de museo, y que siempre le pedía tirar, y marcó el número.
Los tonos le parecieron demasiado fuertes en el silencio del cuarto. Notaría RBAS. Buenos días, respondió una voz femenina al otro lado. Buenos días, dijo Ernesto. Su propia voz le sonó extraña, serena y firme, como si perteneciera a otra persona. Soy Ernesto Gutiérrez. Me dejó usted una tarjeta hace tres meses. ¿Se acuerda? Hubo una breve pausa y al otro lado el tono se volvió más cálido. Claro que me acuerdo, don Ernesto. ¿Está listo? miró la foto de Claudia en la pared.
Ella seguía sonriéndole y le pareció que asentía con la cabeza. Sí, respondió. Estoy listo. Podría venir hoy si es posible ahora mismo. Le dictó la dirección que ella ya conocía y colgó. Luego se recostó en la almohada y cerró los ojos. El corazón le latía demasiado rápido y sentía una presión en el pecho, pero no era el asma, era otra cosa, algo muy parecido a la sensación de liberación. Por primera vez en 15 años, Ernesto sentía que su vida estaba en sus propias manos.
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