Aquello no era una familia, nunca lo había sido. Era algo distinto, algo feo y cruel, que él llamaba familia solo porque tenía pánico a quedarse solo. Se fue a su habitación, un cuarto mínimo al final del pasillo que le habían asignado cuando se mudó allí tras la muerte de Claudia, 15 años atrás. Era la habitación más pequeña del piso, un antiguo trastero que habían convertido a duras penas en algo parecido a un dormitorio. Cabía una cama estrecha, un armario viejo y una mesilla con una lámpara.
En la pared colgaba una única foto de Claudia, su esposa fallecida, que lo miraba con una sonrisa suave, como si quisiera decirle algo importante. Ernesto se sentó en la cama y se quedó así, sentado, mirando fijamente la pared. Sentía la mejilla palpitando y notaba como el moretón iba formándose. “Mañana se verá”, pensó con distancia. Los vecinos lo verían, preguntarían. tendría que mentir y decir que se cayó como siempre. Entonces se acordó de algo, de una tarjeta de visita que había recibido tres meses antes de parte de una joven notaria que había ido al edificio por un asunto de herencia de unos vecinos.
Aquella notaria, una mujer seria de unos treint y tantos, se había quedado hablando con él un rato más de la cuenta. Y Ernesto, sin saber bien por qué, le contó más de lo debido. Le habló de su hijo, que pasaba semanas sin dirigirle la palabra, de su nuera, que le decía que era una carga, de cómo se sentía extranjero en su propio hogar. La notaria lo escuchó con atención y le dio su tarjeta. “Si algún día quiere poner en orden sus papeles, llámeme”, le dijo.
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