Mariana encendió 1 proyector de alta definición y mostró 60 fotografías a todo color en la pared blanca del juzgado: techos cayéndose a pedazos llenos de humedad, baños clausurados y tapados por 8 meses, paredes con moho negro tóxico y cables de alta tensión pelados que ponían en riesgo de muerte a 800 alumnos todos los días.
—El presupuesto anual de 2,000,000 de pesos siempre se aprobó sin problemas en la Secretaría —explicó Mariana con 1 rabia e indignación que le cortaba la voz—. Pero la escuela pública está hecha 1 verdadero asco, 1 peligro inminente. ¿Quieren saber por qué? Porque los materiales facturados nunca cruzaron la puerta, todo era 1 simulación asquerosa para saquear el dinero de nuestros niños.
Elena caminó hacia el estrado y entregó al juez las viejas libretas de espiral de Tomás. Eran cuadernos desgastados, amarrados con ligas y manchados de cloro, donde el humilde conserje anotaba religiosamente cada tornillo oxidado, cada foco de 15 pesos y cada escoba de paja que usaba para limpiar los 18 salones. En las notas personales de Tomás, solo figuraban 10 litros de cloro comprados en el tianguis, mientras que en las facturas de Villalpando aparecían cobros absurdos por más de 200 litros mensuales, pagados a 1 extraña empresa constructora de lujo.
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