Él había perdido a su único hijo de 4 años por 1 terrible pulmonía que no pudo pagar en el hospital, y su esposa, destrozada por la depresión y la pobreza, lo abandonó 1 tarde sin decir adiós. Desde entonces, vivía en 1 soledad absoluta en su casita de lámina. Tomó a la bebé en sus brazos callosos, la pegó a su pecho para darle calor humano y le susurró con lágrimas en los ojos: “Ya no estás sola en este mundo cruel, mi niña”. La llamó Elena, y cuando nadie en el ministerio público la reclamó, él peleó con uñas y dientes por su custodia. El juez de lo familiar le advirtió que sería 1 infierno criar a 1 bebé con su bajo sueldo. Tomás respondió con la frente en alto: “No tengo lana, señor juez, pero tengo 2 manos firmes para la chamba y 1 corazón que nunca la va a abandonar”.
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