Su esposo la escondió en la fiesta por usar un vestido “corriente”, pero el magnate del evento se detuvo al verla y reveló un secreto de hace 30 años…

Su esposo la escondió en la fiesta por usar un vestido “corriente”, pero el magnate del evento se detuvo al verla y reveló un secreto de hace 30 años…

La voz de Elena apenas fue un hilo de aire. No reconoció al instante el traje costoso ni las canas, pero reconoció esa mirada. Eran los mismos ojos del muchacho de 18 años que, una tarde de tormenta en la central de autobuses de Guadalajara, le había jurado que regresaría por ella. En aquel entonces no era Arturo Montenegro, el dueño de constructoras y medios de comunicación; era solo Arturo, un joven con las manos agrietadas por trabajar en la obra y una fe inquebrantable en el futuro.

Roberto, rojo de furia y desconcierto, rompió el encanto metiéndose bruscamente entre los 2.

“Discúlpeme, señor Montenegro, pero creo que hay una confusión. Ella es mi esposa.”

Arturo giró la cabeza despacio. Lo miró como si fuera un insecto.

“¿Tu esposa?”

“Sí. Elena Salazar. Mi esposa desde hace 12 años”, sentenció Roberto, inflando el pecho.

Para Elena, escuchar su nombre en la boca de Roberto siempre había sido sinónimo de órdenes y regaños: “Elena, ¿dónde está mi traje?”, “Elena, no me avergüences”. Sin embargo, en la voz de Arturo, su nombre había sonado como el hogar al que alguien por fin había regresado.

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