—Héctor, por favor, lo hacía por nosotros… —lloró, esta vez de verdad, al ver que la vida de lujos y portadas de revistas se le escapaba de las manos.
—¡Dije 15 minutos! —rugió él, con un grito que hizo retumbar los ventanales.
Bárbara corrió escaleras arriba. En menos de 10 minutos bajó con 2 maletas hechas un desastre, pasó por la puerta principal y desapareció en la calle, llorando de furia y humillación.
Héctor cerró la pesada puerta de roble y se recargó en ella, deslizándose hasta quedar sentado en el piso. Se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar. Lloró por su ceguera, por su egoísmo, por haber dejado a su hijo a merced de un monstruo solo porque él no soportaba el dolor de la soledad.
Sintió una mano pequeñita en su rodilla. Era Diego.
A su lado estaba Carmelita, sosteniendo 2 tazas de chocolate caliente batido con molinillo tradicional.
Leave a Comment