—Las tormentas ensucian la casa, Don Héctor —dijo la mujer michoacana con voz suave—, pero también lavan la tierra vieja. Ya se fue la mala hierba. Ahora toca sembrar de nuevo.
Héctor tomó a su hijo en brazos y lo abrazó como no lo hacía desde el funeral de Mariana. Le pidió perdón entre lágrimas, le besó la frente cubierta de harina y le juró que nadie, jamás, volvería a lastimarlo.
Las semanas siguientes fueron de sanación. Héctor canceló sus viajes de negocios. Empezó a llegar a casa a las 5 de la tarde. Carmelita pasó de ser la empleada de limpieza a convertirse en el pilar emocional de la mansión Castañeda. Le triplicaron el sueldo, le dieron la habitación más grande de la planta baja y la libertad absoluta para gobernar la cocina.
Una tarde de domingo, exactamente 2 meses después de la expulsión de Bárbara, Héctor entró al comedor. La luz del sol entraba por los ventanales, iluminando una escena que le robó el aliento.
La mesa estaba puesta. Había 3 platos de barro, 3 vasos de vidrio soplado y una enorme cazuela de mole de olla en el centro. Diego estaba parado en una silla, ayudando a Carmelita a servir.
Pero lo que hizo que a Héctor se le cristalizaran los ojos fue ver el centro de mesa. Diego había cortado 1 rosa blanca del jardín y la había puesto en un florero frente a una silla vacía.
—¿Y esa flor, mi amor? —preguntó Héctor, acercándose despacio, temiendo romper el encanto.
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