Algunos invitados aplaudieron por cortesía. Otros simplemente me observaron con curiosidad, como si yo fuera una reliquia antigua que alguien había dejado sobre la mesa por error.
Me acerqué despacio.
—Feliz cumpleaños, hijo.
Le extendí el pequeño paquete envuelto en papel marrón.
No era gran cosa. Un reloj antiguo que había usado durante veinte años cuando aún trabajaba en obra. El cristal estaba un poco rayado, pero seguía funcionando perfecto.
Javier lo miró como si fuera un objeto extraño.
—¿Qué es esto?
—Un reloj. Pensé que te gustaría.
Lo abrió delante de todos. Hubo un pequeño silencio incómodo.
Sofía apareció detrás de él con una sonrisa torcida.
—¿Un reloj usado?
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