En mi mesa de noche siempre guardé una foto de Rafael.
La tomaron en el malecón de Mazatlán una mañana ventosa.
Su corbata torcida.
Su sonrisa imperfecta.
A veces hablaba con esa foto cuando la casa estaba demasiado silenciosa.
Rafael siempre fue muy cuidadoso con el dinero.
Una vez me dijo algo que en ese momento me pareció exagerado:
—Nunca entregues lo que es tuyo, Dulce. La gente cambia cuando hay dinero de por medio… incluso la familia.
Yo me reí.
En ese entonces Gabriel acababa de entrar a la universidad para estudiar finanzas.
Lo llamaba “nuestro futuro inversionista”.
Pensé que Rafael era demasiado desconfiado.
Ahora entiendo que solo era prudente.
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