Esa tarde regresé a la casa.
Preparé una pequeña maleta.
Dejé una nota sobre la mesa.
Decía:
“Tenías razón, Gabriel.
No necesito tu dinero.”
Semanas después encontré una pequeña casa cerca de Sayulita.
Era sencilla.
Dos habitaciones y un porche frente al mar.
Pero cuando entré sentí algo que no había sentido en años.
Libertad.
En el banco local me preguntaron:
—¿Desea agregar a alguien más a su cuenta?
Sonreí.
—No. Solo yo.
Firmé mi nombre.
Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió fuerte.
Esa noche encendí la luz del porche y miré el océano.
El aire traía olor a sal y a lluvia.
Y supe que finalmente estaba en paz.
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