Al otro lado de la inmensa mesa de caoba estaba sentado Arturo. Su esposo, o el hombre que alguna vez creyó que lo era, lucía 1 impecable traje a la medida, el reloj suizo de siempre y esa postura altanera típica de quien cree que el mundo entero está a sus pies. A su derecha, rozando su hombro con total descaro, estaba Sofía. Durante 8 meses, Arturo la había presentado en bautizos, bodas y cenas de negocios como “la nueva directora de relaciones públicas de la constructora”.
Ambos compartían miradas cómplices y sonrisas cargadas de arrogancia. Se sentían ganadores. Creían firmemente que tenían a Valeria arrinconada, lista para suplicar por las sobras de su matrimonio y firmar 1 acuerdo miserable para desaparecer en silencio.
Pero Valeria no viajó casi 2 horas en el caótico tráfico de la ciudad para llorar por la humillación pública de 1 infidelidad. Debajo de la cobija de su bebé, apretada contra su pecho, sostenía 1 gruesa carpeta de cuero negro. Y dentro de esa carpeta llevaba la pura y cruda verdad.
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