“Porque tú me enseñaste que sólo se puede ser así, abuela”, respondí.
¿La idea de que se sintiera avergonzada de su trabajo?
Comimos juntos en nuestra pequeña cocina, y la hice reír a propósito. Ese era mi lugar seguro.
Pero mentiría si dijera que las palabras no me afectaron. O que no contaba los días que faltaban para la graduación para poder empezar de nuevo.
Lo único que hacía soportable la escuela era Sasha.
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