Ni una sola vez actuó como si yo fuera una carga.
Ni cuando me corté el pelo con sus tijeras de costura, haciendo que mis orejas parecieran mucho más grandes. Y mucho menos cuando me quedaban pequeños los zapatos más rápido de lo que le alcanzaba el sueldo.
Para mí, no era sólo una abuela. Era una mujer que representaba a todo un pueblo.
Creo que por eso nunca le conté las cosas que me decían en el colegio, sobre todo cuando se enteraron de que mi abuela era la conserje del colegio.
Era una mujer que representaba a todo un pueblo.
“Cuidado, Lucas huele a lejía”, decían los chicos arrugando la nariz.
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