“FUI A UN MOTEL CON UN DESCONOCIDO A MIS 65 AÑOS PARA SENTIRME VIVA… Y AL DESPERTAR, ME REVELÓ EL SECRETO MÁS ATROZ DE MI PROPIA SUEGRA”

“FUI A UN MOTEL CON UN DESCONOCIDO A MIS 65 AÑOS PARA SENTIRME VIVA… Y AL DESPERTAR, ME REVELÓ EL SECRETO MÁS ATROZ DE MI PROPIA SUEGRA”

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Ofelia de pronto.
—Le decían Mateo —respondió Arturo con un hilo de voz—. Mi madre lo crio 2 años en secreto, pero luego vinieron por él hombres con escoltas y dinero.

Mateo. Ofelia cerró los ojos con fuerza. Ella había querido llamarlo Rafael, pero en secreto, cuando le acariciaba el vientre de madrugada, le susurraba: “Mi cielo”.

—Hoy es domingo —dijo Ofelia con la mandíbula apretada—. Llévame a la iglesia de San José.

Llegaron justo antes de la misa de las 10. Las señoras del barrio entraban al recinto envueltas en rebozos finos y perfumes caros. Entre ellas estaba doña Consuelo, erguida y arrogante con su vestido azul marino. A su lado, sosteniéndola del brazo, iba Marcela, la hija de Ofelia, la que últimamente la trataba con esa paciencia fría que se usa con las molestias de la vida.

Ofelia bajó del coche como una exhalación. Su aspecto salvaje hizo que la gente se apartara murmurando. Marcela la vio primero y abrió los ojos, espantada.
—¡Mamá! ¿Qué haces así? ¿Te pasó algo?

Pero Ofelia no miraba a su hija. Tenía los ojos clavados en la anciana. Consuelo la observó de vuelta y, en una fracción de segundo de brutal lucidez, la vieja supo que el secreto había estallado por los aires.
—Ofelia, hija, estás muy pálida —dijo Consuelo, usando su clásica voz de veneno dulce.

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