“FUI A UN MOTEL CON UN DESCONOCIDO A MIS 65 AÑOS PARA SENTIRME VIVA… Y AL DESPERTAR, ME REVELÓ EL SECRETO MÁS ATROZ DE MI PROPIA SUEGRA”
Pero al despertar, la ilusión de sentirse viva se hizo añicos.
Ofelia se incorporó despacio en la cama, cubriéndose el pecho con la sábana.
—¿Qué haces con eso? —preguntó al ver lo que Arturo sostenía.
El hombre giró la cabeza. Tenía el rostro descompuesto, empapado en lágrimas, casi envejecido de golpe. Entre sus dedos temblaba una fotografía vieja, amarillenta por el tiempo.
El aire abandonó los pulmones de Ofelia. Era una foto suya, tomada a sus 25 años. Lucía un vestido blanco sencillo, con la mano sobre el vientre abultado, escondiendo a medias 7 meses de embarazo en la feria de San Francisco. Esa imagen se había perdido hacía 40 años, exactamente 2 meses antes de que, en el hospital, le dijeran que su bebé había nacido muerto, entregándole una cajita sellada que jamás le permitieron abrir.
—¿De dónde sacaste eso? —exigió Ofelia, sintiendo que la sangre se le congelaba.
Arturo tragó saliva, mirándola como si hubiera visto a un fantasma. Con manos torpes, sacó su cartera vieja y arrojó otra fotografía sobre las sábanas revueltas. Era un recién nacido envuelto en una cobija azul, con una pulsera de hospital. Prendidos a la tela con cinta, estaban los mismos aretes pequeños de oro viejo que Ofelia llevaba puestos la noche del parto, los que desaparecieron misteriosamente.
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