En su lugar, encontró a don Alejandro sentado estoicamente. Sofía estaba en la cama, conectada a los monitores. Respiraba. Estaba viva. El rostro de Diego palideció drásticamente. El monitor no mostraba la línea plana que él tanto deseaba.
—¡Suegro! —gimió Diego, tirándose de rodillas falsamente—. ¡Me clonaron las tarjetas! ¡Me robaron todo en la calle mientras rezaba! ¿Cómo está mi amor?
Alejandro ni siquiera se inmutó.
—Es curioso —dijo el anciano, con una calma aterradora—. Rezas en yates que yo pagué, y dejas que tus amantes usen las joyas de mi difunta esposa.
Diego se quedó helado.
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