Dos días después…
mi teléfono no dejaba de sonar.
Mi hijo.
Mi nuera.
No respondí.
Hasta que llegó un mensaje:
—¿Dónde estás? Los niños te extrañan. La casa es un desastre.
Sonreí.
No preguntaron por mí.
Preguntaron por lo que hacía por ellos.
Dos días después…
mi teléfono no dejaba de sonar.
Mi hijo.
Mi nuera.
No respondí.
Hasta que llegó un mensaje:
—¿Dónde estás? Los niños te extrañan. La casa es un desastre.
Sonreí.
No preguntaron por mí.
Preguntaron por lo que hacía por ellos.
Leave a Comment