Ese viernes envié mi carta de renuncia.
Mi jefe pasó de la incredulidad al enojo en cuestión de minutos. Intentó todo:
- Minimizar mi decisión.
- Amenazar con no darme referencias.
- Acusarme de ser poco profesional.
- Advertirme que estaba “quemando puentes”.
Pero cuando alguien ya perdió el miedo, las amenazas dejan de funcionar.
Me ofreció un cargo inventado de “subdirector” para seguir haciendo el trabajo técnico mientras su hija figuraba como directora.
Rechacé la propuesta.
Terminaría mis dos semanas y me iría.
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