Ahora sabía que era pura apropiación. Una manipulación macabra.
— Patético… — susurró Isabela, tan bajo que solo alguien a centímetros de distancia podría oírla.
Su voz destilaba desprecio puro.
— Diego Navarro, el gran magnate, dueño de Navarro Industries, ochocientos millones de pesos en activos… y ahora un simple vegetal.
Se rio. No era una risa histérica. Era una risa genuina, casi divertida, como si estuviera disfrutando de un chiste privado.
— ¿Sabes qué es lo mejor de todo? — continuó, inclinándose aún más cerca de su oído —. Que tu hijo, tu precioso Santiago, va a crecer pensando que yo soy lo mejor que le ha pasado en la vida. Porque voy a ser la viuda perfecta… la madrastra dedicada.
Y cuando cumpla 18 y controle su herencia… — se detuvo, disfrutando del momento —. Bueno, los accidentes pasan, especialmente a adolescentes imprudentes.
Diego quería gritar. Quería levantarse de la cama, envolver sus manos alrededor del cuello de esa mujer y apretar hasta que dejara de hablar para siempre.
Pero no se movió.
No podía, porque en el momento en que revelara que estaba consciente, perdería su única ventaja: la información.
Leave a Comment