Existe una creencia muy extendida: que las cosas de una persona fallecida “guardan energía” o pueden afectar a los vivos.
Pero la realidad es mucho más simple:
Los objetos son solo eso… objetos.
Tela, madera, metal. Nada más.
No absorben almas.
No transmiten “energías de muerte”.
No representan un peligro.
El verdadero problema no está en las cosas… sino en el miedo que se construye alrededor de ellas.
Ese miedo puede llevar a decisiones dolorosas: tirar recuerdos valiosos, evitar espacios del hogar o incluso vivir con angustia constante.
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