En el cumpleaños de mi esposo reuní a nuestros hijos, pero lo que ocurrió dejó en evidencia una distancia que nunca imaginé.

En el cumpleaños de mi esposo reuní a nuestros hijos, pero lo que ocurrió dejó en evidencia una distancia que nunca imaginé.

Desde ese día, no dejo de pensar en cómo acercarnos otra vez.

Tal vez los grandes almuerzos ya no funcionen.
Tal vez ahora necesitemos algo más simple.

Un café improvisado.
Una visita corta.
Una llamada sin motivo.

No quiero renunciar a la familia.

Porque creo que los lazos no se rompen… solo se aflojan.

Y con paciencia, amor y comprensión, pueden volver a unirse.

Tengo la esperanza de que, algún día, mis hijos recuerden que estar juntos vale más que cualquier regalo…
y que el tiempo compartido es algo que jamás se recupera.


¿Qué aprendemos de esta historia?

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