Mi Hijo Me Jaló A Un Lado Y Me Dijo: No Digas Que Eres Mi Madre. Me Da Vergüenza…

Mi Hijo Me Jaló A Un Lado Y Me Dijo: No Digas Que Eres Mi Madre. Me Da Vergüenza…

Yo no pertenecía a ese lugar. El olor intenso del perfume, el aroma del cigarro cubano, el olor de la arrogancia flotando en el aire. Me dificultaban respirar. Relájate, Elena, me dije a mí misma. Estás aquí por tu hijo. Solo quédate quieta. Sonríe y no rompas nada. Traté de hacerme lo más pequeña posible, pero el destino no me permitió ser una sombra en paz. Un grupo de personas se acercó hacia mí. Eran amigos de la familia de Camila, mujeres de mi edad, pero con la piel tersa, collares de perlas y bolsos de piel de cocodrilo.

Al frente iba Patricia, la tía de Camila, una mujer con una mirada inquisidora como de rayos X, se detuvo frente a mí. Sus ojos me recorrieron de la cabeza hasta mis zapatos de tacón bajo, una mueca apenas perceptible que duró una décima de segundo, pero que vi con total claridad. Era una evaluación, una clasificación. “Buenas tardes,” habló la señora Patricia. Su voz era aguda y sonora, atrayendo la atención de algunas personas cercanas. “La he visto parada aquí desde hace rato.

Se ve usted distinta. Nunca la he visto en las fiestas de la familia Valenzuela. Mi corazón dio un salto, la garganta se me secó. Tragué saliva e intenté forzar una sonrisa amable. La sonrisa que mi madre me enseñó, que es el mejor arma de una mujer cuando pasa por un momento incómodo. “Sí, buenas tardes”, respondí con la voz un poco temblorosa. “¿Y usted quién es?”, preguntó ella después, moviendo suavemente su copa de vino tinto. La pregunta no parecía malintencionada, pero sonaba como una trampa.

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