Mi Hijo Me Jaló A Un Lado Y Me Dijo: No Digas Que Eres Mi Madre. Me Da Vergüenza…

Mi Hijo Me Jaló A Un Lado Y Me Dijo: No Digas Que Eres Mi Madre. Me Da Vergüenza…

Lo sé, respondió Mateo. Hablaré con ella. Le diré que bueno que se vaya a algún lado, que regrese al pueblo a visitar parientes, por ejemplo. ¿A qué pueblo? Se burló Camila. Si ya vendió toda la tierra, la vas a echar a la calle. Entonces, que se quede en el cuarto, dudó Mateo. Decimos que está enferma o cansada, lo que sea, mientras no salga a la sala cuando haya gente. Está bien, cerró Camila. Los tacones volvieron a sonar, alejándose hacia las escaleras.

Tú encárgate de eso. No quiero tener que hacer de villana. Me voy a bañar. Traigo el cuerpo impregnado de pueblo. Los pasos se perdieron en el piso de arriba. La puerta del dormitorio principal se cerró. La casa volvió al silencio. Solo yo quedé sentada en la oscuridad de la planta baja. Miré alrededor del cuarto en penumbra. Sobre el armario había una foto vieja enmarcada en madera barata. Era del día en que Mateo se graduó de la universidad.

Yo estaba a su lado sonriendo hasta achinar los ojos, abrazando un enorme ramo de girasoles. Él me rodeaba con el brazo con una expresión llena de orgullo. Ese día se sentía orgulloso de mí, porque entonces mi sacrificio era el trampolín que lo impulsaba. Ahora que ya había volado alto, mi existencia se había convertido en un peso que lo arrastraba hacia abajo. Me puse de pie. Las rodillas crujieron. Caminé hacia el viejo ropero de madera en la esquina.

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