Lo que me quebró no fue solo Javier.
Fue Marcos.
Mi hijo había participado. Había administrado el silencio. Había usado mi dolor como cortina para asegurar su parte: propiedades, ventas, movimientos, decisiones que no eran suyas.
Y mientras yo me deshacía por dentro… él seguía en contacto con su padre.
Yo era la engañada.
La viuda.
La que lloraba.
La que se tragaba pastillas y trataba de sobrevivir.
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