Los primeros días tras el despido, su marido realmente se volcó en la búsqueda de empleo. Rehizo su currículum, lo envió a decenas de vacantes, llamó a excolegas y conocidos. Todas las mañanas se sentaba frente al ordenador, revisaba ofertas y respondía anuncios. Lera veía su esfuerzo y lo apoyaba como podía.
Pero tras dos semanas, el entusiasmo empezó a decaer. Las respuestas eran escasas, las invitaciones a entrevistas, aún menos. Y las empresas que lo consideraban ofrecían sueldos muy bajos o condiciones inadecuadas. Artyom se frustraba, se quejaba de los empleadores y del mercado laboral.
—Están locos —refunfuñaba por las noches—. Quieren cinco años de experiencia en una tecnología que existe desde hace año y medio. Y pagan como si fuera una pasantía.
—¿Quizás deberías mirar otros campos? —sugirió Lera—. ¿O buscar algo remoto?
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