Las canas no se interpretan de la misma manera en hombres y mujeres. En los hombres, suelen asociarse con madurez, experiencia o incluso atractivo. En las mujeres, en cambio, con frecuencia se interpretan como descuido, pérdida de valor o falta de esfuerzo.
Este doble estándar está profundamente arraigado. La sociedad espera que las mujeres mantengan una apariencia joven, cuidada y atractiva durante más tiempo. Permitir que el cabello se vuelva gris rompe esa expectativa y se percibe, consciente o inconscientemente, como una negativa a cumplir un rol impuesto.
Esa ruptura genera incomodidad porque cuestiona una norma que muchos dan por sentada.
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