La cultura contemporánea está fuertemente anclada en la idea de que el envejecimiento puede —y debe— gestionarse. Se suavizan arrugas, se disimula el paso del tiempo y se interviene el cuerpo para mantener una apariencia joven. Todo esto construye una ilusión tranquilizadora: la sensación de que el tiempo es negociable si se hace el esfuerzo suficiente.
Cuando alguien decide dejar que su cabello se vuelva gris, rechaza silenciosamente esa ilusión. Deja de participar en el acuerdo social de ocultar el envejecimiento. Para quienes observan, este gesto puede resultar perturbador, porque recuerda —a menudo de forma inconsciente— que el control es limitado y que el paso del tiempo no se puede detener.
La incomodidad no surge porque las canas sean poco atractivas, sino porque revelan una verdad que muchos prefieren evitar.
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