Le dije que no era necesario, que el problema del auto no era su culpa, pero él insistió. Me dio 200 pesos cuando la tarifa era solo 80.” Y entonces sacó de su mochila este póster enrollado, uno de los que llevaba para promocionarse, y me lo firmó. Don Salvador tocó el marco del póster con dedos temblorosos. Me escribió, “Para don Salvador, el mejor taxista de México. Cuando sea famoso, este póster valdrá mucho. Guárdelo bien. Juan Gabriel, 1975. Y yo lo guardé, lo enmarqué con el primer dinero extra que gané.
Lo colgué en mi sala durante 20 años y cada vez que lo miraba me acordaba de ese muchacho amable que se quedó conmigo bajo la lluvia. Las lágrimas corrían libremente por el rostro de Juan Gabriel ahora, pero don Salvador estaba tan absorto en su historia que no lo notaba. Y él tenía razón. se volvió famoso, muy famoso. Yo lo veía en la televisión, escuchaba sus canciones en la radio y siempre le decía a mi esposa, “Ese es el muchacho que me ayudó esa noche.” Me sentía orgulloso, como si de alguna manera yo había conocido a una estrella antes de que brillara.
Nunca vendí el póster”, dijo don Salvador, su voz quebrándose. Aunque hubo momentos difíciles en estos 20 años, momentos donde necesitábamos dinero urgentemente, pero ese poste representaba algo más que dinero. Representaba fe en la bondad humana, representaba que hay gente buena en el mundo que se queda contigo bajo la lluvia, aunque no te conozca. Pero ahora continúo con voz apenas audible, mi esposa tiene diabetes y sus medicinas cuestan más de lo que puedo pagar con mi pensión de jubilado.
Leave a Comment