Cristian decidió volver definitivamente a la finca. Juntos modernizamos el trabajo, combinando tecnología y experiencia.
Meses después, una mujer llamada Sara, que también había sido víctima de la misma familia, empezó a visitar la finca. El tiempo transformó el dolor en amor.
Se casaron bajo una encina centenaria. Sin lujos. Sin mentiras. Solo verdad.
Hoy, a mis 63 años, me siento más liviano que nunca.
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