A la mañana siguiente, Valeria lo enfrentó con calma. No gritó. No lloró. Le mostró el teléfono y le pidió que hablara con la verdad.
Andrés no negó nada.
Dijo que se había sentido solo. Que ella había cambiado. Que él también había “sostenido la relación” mientras ella estaba lejos. Incluso insinuó que el dinero era un logro compartido porque él había esperado.
Fue entonces cuando Valeria entendió algo con absoluta claridad:
Andrés no había sido su compañero.
Había sido un espectador esperando cobrar la entrada.
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