Yo seguí mirando a Valentina.
Mi hermana pequeña.
La niña que había criado después de la muerte de nuestros padres.
La adolescente a la que ayudé con las tareas, con las cuotas, con los llantos, con las primeras decepciones amorosas.
La muchacha a la que le pagué la universidad.
La misma que apenas el día anterior había estado sentada en mi cocina, tomando té, contándome que “los hombres buenos ya no existían”.
Y ahora salía de mi cama con el hombre con el que yo llevaba ocho años casada.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Mi voz no parecía mía. Sonó tranquila. Demasiado tranquila.
Emiliano bajó la vista. Valentina se abrazó el cuerpo con mis mangas de seda. Se miraron entre ellos, y en ese cruce breve entendí algo peor que la traición: entendí que aquello era viejo. Que había historia. Que había costumbre.
—Seis meses —susurró ella al fin.
Seis meses.
Medio año.
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